La Voz del Lago Logan - Nº 14 - Noviembre de 1997

Espacio literario

La Otra Cacería

Los señores comienzan hoy otra cacería, mientas los vidrios empañados sugieren melodías sepultadas por los recuerdos; más allá, una vaca muge, mostrando su estertor al caminante despiadado, momento en el cual golpearon la puerta. ¿Acaso saben cuanto dolor puede sentir una puerta al ser golpeada? Seguramente no. No es algo fácil de explicar, así que recurriré a una parábola: resulta que un viejo pastor tenía dos hijas. La del medio no era otra que Rizitos de Oro, que porta un arma de grueso calibre con la que disuade a todo aquel que pretenda besarla. Los restos de los galanes se hallan esparcidos precisamente en el umbral de la puerta a la que estaban golpeando para llamar una ambulancia.

Más allá de la torre dios, testigo de pasares infinitos, de maledicencias voraces, de cronistas en calzoncillos relatando la tragedia, estallan las campanas en un canto lúgubre, que es un cúmulo en el ojo de la tormenta que cobra vida y se expande, cubriéndolo todo; los tambores agitan su marcha decadente a paso seguro, acorralando al futuro vencido en una trampa sin escapatoria, en millones de sonidos abrasadores que nublan el conocimiento en giros y destellos que la mente no puede retener y vuelve en sí misma buscando la comprensión de algo que está más allá, ignorando que quien lo ve no vuelve a este mundo y nadie puede acompañarlo. La cacería ha terminado: los cazadores no volverán a su casa con la piel del león para hacer alfombras porque los leones los han tomado prisioneros de sus vientres, y se alejan lenta y pesadamente por el desierto bajo el canto fúnebre de los buitres.


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