La Voz del Lago Logan - Nº 10 - Noviembre de 1996

Historias de vida

Llegados a este punto, me veo obligado a aclarar que no es cierto que mi padre beba querosén: él tiene gustos más refinados. Al llegar a la estación de servicio, señala el depósito de nafta sin plomo y, abriendo la boca, le dice al dependiente: “Lléneme, por favor”. Mi abuelo hacía lo mismo, pero como era fumador un día reventó por el aire. Su cabeza aún adorna los campos de trigos en Escocia, y es una atracción turística muy apreciada por los visitantes del país, que forman cola para dirigirle unas palabras a la cabeza que cuelga miserablemente de la copa de un álamo. Mi abuelo sabe muchas cosas y por eso a la gente le agrada escucharlo.

“¡Basta, os pido, fugaces enviados del Olimpo!; esta frase la había pensado mucho tiempo antes de decirla, porque el pensamiento es fugaz y tiende a conectarse con otros, y esto más aún, porque es solo un recuerdo, y el recuerdo existe, aún sin asumir forma alguna” es algo que suele repetir en su senilidad cuando los niños malvados, al verlo indefenso, le escupen carozos de aceituna. Resignado, mi abuelo siempre agrega al respecto: “No es lo mismo un enchufe negro, que un negro te enchufe” -tiene razón- le contestó escondido detrás de su cámara de video un turista japonés, mientras intentaba desincrustarse un vibrador.


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