La Voz del Lago Logan - Nº 9 - Mayo de 1996

El Clásico volvió a convocar a las multitudes

El final del segundo tiempo del partido entre C. A. Rompehuesos Logan y Sudor y Transpiración F. C. se desarrollaba al compás de los bostezos de la hinchada que dejaba transcurrir el tiempo jugando a las cartas. El cero a cero parecía inevitable, pero mientras el árbitro estaba buscando el cronómetro entre el césped para terminar el bodrio del domingo, gol de Sudor. Una torpeza del defensor de Rompehuesos, “Culebrita” Di Marzio, que en lugar de rechazar cabeceó al ángulo de su propio arco, cerró el marcador uno a cero.

En el estadio estalló la violencia. El técnico de Rompehuesos corrió hasta Di Marzio sierra eléctrica en mano y le cercenó la cabeza, ofreciendo el trofeo a la tribuna ávida de venganza. No satisfechos con ello, los hinchas derribaron el alambrado y se lanzaron contra los jugadores de ambos equipos, que ya habían empezado a darse patadas en el culo por toda la cancha. El más grandote de los Rompehuesos tuvo los reflejos suficientes como para distinguir al árbitro que huía, que dos zancadas más tarde se retorcía de dolor clamando misericordia bajo los ciento cincuenta kilos del central Vicenzo.

Eso era espectáculo, señores. La horda humana efervorizada había ingresado al campo de juego y para los jugadores no era momento de entretenerse con pataditas ni mariconadas con los árbitros, sino de pelearse por entrar en los vestuarios para salvar el pellejo. Nadie oyó el disparo, pero el primero que cayó con una bala entre ceja y ceja fue el delantero de rompehuesos, Ramón Walsh Colchester.

La hinchada de Sudor reaccionó. Debían defender su tradición, y al fin de cuentas habían ganado; con otro alambrado caído sumaban cerca de treinta mil los salvajes desparramados en el campo de batalla. Los fanáticos más ingeniosos fabricaron sogas con las banderas y colgaron a lo largo del travesaño a cinco o seis hinchas de los Rompehuesos. Tras el banco de suplentes de Sudor todavía estaban atrincherados el DT y los suplentes; la granada les dio el piedra libre y los pedazos volando como papelitos salpicaron de entraña la cabina radiofónica.

Pero cuando la violencia parecía ya imparable y las víctimas se calculaban por metro cuadrado, Cacho Funesto, el jefe de la barra brava de Rompehuesos, dio la voz de alerta: había llegado la infantería. Rápidamente Funesto y Arnaldo Hergido de Mayorca Paz, su aristocrático par de Sudor, se sentaron en un taburete y lapiceras en mano firmaron un armisticio y una alianza táctica temporal. Fue en el preciso instante en el que se disponían a sumar sus fuerzas para la ofensiva antigendarme cuando se largó a llover.

Y claro, no era cuestión de mojarse y pescar una gripe, así que todos se retiraron derechito a sus casas, donde la mujer los esperaba con el guiso calentito. En fin, una reverenda porquería. Otra vez la lluvia arruinando el apasionante espectáculo de todos los domingos.


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